Camino sobre sueños – Rosa Estomba Giménez

 Mis ensoñaciones no se resignan a desaparecer y se desplazan, salen de esta playa de arena lisa y suave, que me ha visto crecer desde que era un bebé y que, por tanto, no deja de reconocerme. Huyen de ella para viajar hacia lugares que las dos desconocemos. Todo se lo debo a mi imaginación, esa traidora que no me permite despojarme de mi esencia, creando el recuerdo melancólico de experiencias nonatas, que se crean por y para mí y que jamás de los jamases aceptan ser destruidas. Las olas me arrullan en un susurro frío y me empujan hacia el refugio silencioso de los sueños, donde todavía no ha anochecido y siempre es primavera. Donde la luz del sol es naranja, en un eterno atardecer, y baña todos los espíritus que bajo ella se cobijan. Entonces camino, guiada por el sonido de un arroyo que no consigo ver. No identifico el lugar, pero la calidez del sol es tan agradable que mis pies avanzan, cautelosamente calzados, sobre las hojas del bosque imaginario y escucho el canto de las aves que me enseñan sus plumas de colores. Disfruto de los mosaicos que las sombras de los árboles crean por doquier, filtrando los rayos solares que les parecen oportunos, en una armonía tan meticulosa que parece artificial. Escucho el sonido del agua, más cercano, y sin ninguna prisa, con los ojos cerrados, mis oídos van palpando la realidad y avanzo a pasos lentos, apreciando cada silbido, cada brisa, cada crujido.

   De pronto, la humedad en los pies y los ojos abiertos. No les he dado permiso, y sin embargo, los primeros han decidido ser los artífices de un arbitrario chapoteo. Se han topado con el tacto del arroyo cuyo sonido los guiaba y no quieren responder a mis preguntas ni a mis peticiones, pero no le doy importancia porque la temperatura del agua es ideal, el entorno mágico y su juego me parece de lo más entretenido. Chapotean siguiendo el curso del río y el paisaje, si bien en todo momento responde a patrones similares, me deleita en cada tramo de una manera distinta. Ya no solo mis pies chapotean, mis piernas se unen a ellos. Les siguen, divertidas, avanzando afanadas en pisar con fuerza y salpicar tanto como sea posible para que mis ojos aprecien los destellos de las gotas que saltan. Me pregunto por qué llevo una ropa que no identifico como mía y que es demasiado cómoda. De repente, una carcajada atraviesa el aire en un segundo que parece no acabar de puro intenso. Lo mastico como si la risa me diera la vida y, sin rechazar nunca esa posibilidad, me río porque he perdido los zapatos y no soy capaz de saber cómo, cuándo y por qué. El agua traspasa mi piel, y mi risa suena cada vez más fuerte a medida que el chapoteo incrementa en diversión. Tan alegre, tan ajena a todo, tan despistada que tropiezo y, al caer de bruces, toda yo me baño, me mojo entera. Se moja la ropa que, con la misma magia que ha aparecido, ya no está cuando decido ponerme en pie y seguir caminando, permitiendo que el ambiente evapore la humedad de mi piel.

   Adivino un horizonte lejano que me es familiar y, con la vista fija en él, avanzo despacio, aprovechando el trayecto para desperezarme, además de para darme cuenta de que el atardecer está cediendo ante el capricho de la noche. Siento que, junto al sol, la temperatura también ha bajado, de manera que la magia ha vuelto y ahora estoy vestida con la ropa de siempre. Me encuentro en el lugar del que partí, donde el olor a sal inunda el ambiente y lo poco que queda de atardecer ya no es naranja, sino rosa. Todo ha vuelto a la calma, el oleaje tranquilo, la arena fina, la brisa suave. El mar me reconoce y no dudo en corresponderle, sin embargo, con cierto sentimiento de extrañeza. No logro descifrar qué es lo que ha cambiado hasta que, sentada cerca de la orilla, descubro mis pies desnudos, todavía mojados. Por alguno de mis sueños, he perdido los zapatos.

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Rosa Estomba Giménez

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